Los protestantes tenemos una larga y triste experiencia sobre las injusticias constitucionales. Siempre hemos sido legalmente ciudadanos de segunda -constitucionalmente hablando-.

Lógicamente las Leyes de Libertad Religiosa, y las normativas que se derivan para su aplicación, han reflejado esta realidad.

Este criterio se aplica incluso en el presente marco democrático.

La Ley de Libertad Religiosa actualmente vigente no regula los Derechos Colectivos de las Minorías Religiosas -que es su principal razón de ser-. La Ley, que fue aprobada por unanimidad por el Parlamento Español, consiente que haya diferencias y desigualdades entre la confesión mayoritaria y el resto de confesiones religiosas. Más aún: entre la sociedad civil organizada y las confesiones religiosas minoritarias.

La conclusión a la que nos lleva este hecho es que el actual marco democrático no da respuesta a las demandas de justicia y de igualdad de las minorías religiosas.

Seguramente por esta razón el actual Presidente de la Federación Protestante, la FEREDE, a los pocos días de tomar posesión de su cargo ya pidió públicamente la reforma de la actual constitución.

Naturalmente que en los casi cuarenta años de democracia se han producido avances en materia de libertad religiosa. Lo que hay que aclarar es que estos avances se han producido más por la bondad de determinadas personas, que han tenido responsabilidades en la materia, que por una voluntad política de hacer justicia a las minorías religiosas.

¿Es la actual constitución la herramienta que ha de resolver el desencaje de las minorías religiosas? La única respuesta posible que podemos aportar es el hecho de que hasta ahora de poco nos ha servido.

Que un principio sea constitucional no quiere decir que sea justo. Seguramente será legal pero una legalidad que ampara una injusticia difícilmente perdura en el tiempo sin que genere rechazo.

Y eso es lo que está pasando con esta constitución.

Si la constitución, o su aplicación, no conlleva la justicia colectiva que se le demanda, o hay que cambiarla o hay que cambiar el criterio de aplicación.

Lo que podemos constatar es que algo se ha hecho mal hasta ahora.

Y los protestantes no queremos esperar otros 40 años para dejar de ser ciudadanos de segunda.

El GTER (Grupo de Trabajo Estable de Religiones), junto con AUDIR, ha organizado una Jornada titulada "Religiones por la Paz".

Varios han sido los propósitos de esta Jornada.


En primer lugar promover una campaña de sensibilización en el seno de las diversas confesiones sobre este bien tan preciado y tan escaso como es el de la paz.

El nuestro es un mundo donde la paz está ausente de los hogares, de la sociedad, de los países y, incluso, entre aquellos y aquellas que nos reconocemos a nosotros mismos y a nosotros mismos como personas religiosas.

Es, por ello, que reencontrarnos en torno a la paz debe estar una convocatoria repetida una y otra vez.

En segundo lugar es necesario no olvidar que hay verdaderas amenazas a la paz y la humanidad. Las armas nucleares son una de estas amenazas que, tan sólo pensarlo, nos hace estremecer.

¿Cómo es posible que la humanidad haya inventado esta manera de matarnos unos a otros?

¿Cómo es posible que este indeseable invento aún no se haya destruido por completo?

¿Cómo es posible que destinemos nuestro dinero a mantener esta maquinaria de guerra en lugar de paliar el hambre en el mundo?

Es una cuestión de prioridades: con el mismo dinero podemos hacer el bien a mucha gente o podemos mantener viva la amenaza nuclear.

Las religiones, las confesiones, no podemos, y en realidad tampoco queremos, mantenernos neutrales en estas cuestiones.

Y en tercer lugar, en este esfuerzo para movilizar nuestra sociedad para un mundo sin armas nucleares todos somos necesarios y nunca seremos suficientes.

No nos corresponde a las confesiones religiosas liderar esta cuestión, pero si nos corresponde promover una clara conciencia entre propios, y aún más allá, para que ésta sea una causa que no se olvide hasta que consigamos el objetivo final: la desaparición de las armas nucleares.

La TDT ya está entre nosotros y será una invitada que vivirá en casa durante muchos años. Con su llegada, el panorama televisivo ha empezado a cambiar y estos cambios son, sólo, una anticipación de lo que vendrá. Y esto, limitándonos a hablar de la TDT, porque si añadiésemos los cambios que nos aportan, y nos aportarán, las nuevas tecnologías de la comunicación, necesitaríamos otro artículo.
A pesar de que, por razones históricas, en este país no hay una gran presencia religiosa en los medios de comunicación, lo cierto es que en todo este panorama hay una pequeña programación.

El debate que debemos abrir, inicialmente en casa, es preguntarnos cómo podemos garantizar los derechos, que hasta ahora nos ha costado tanto conseguir, para mantener y ampliar la presencia de programas religiosos en la televisión y la radio de titularidad pública de este país.
Si nosotros, que somos los que estamos más directamente implicados e interesados, no abrimos este debate y presentamos nuestras iniciativas, cuando se tomen las decisiones sobre los nuevos canales digitales y las nuevas programaciones no contarán con nosotros.
Como dice la famosa cita histórica: Ahora es el momento, compañeros. Ahora es el momento.

luteroHasta ahora la buena noticia era que el Culto de Navidad de la Iglesia Protestante era retransmitido por TVE. Ahora, a esta buena noticia, hay que añadir una segunda buena noticia: El Culto de la Reforma también se retransmitirá, y en directo, por TVE.

Creemos que estas dos buenas noticias se deben conocer y deben celebrarse. Cuando estamos muy cerca de la celebración del V Centenario del inicio de la Reforma Protestante, el 31 de octubre del año 2017, TVE muestra su sensibilidad por la pluralidad religiosa y pone en antena dos retransmisiones de espiritualidad protestante.

La noticia tiene un doble valor. En primer lugar, porque demuestra lo que ya se ha dicho de sensibilidad con la espiritualidad protestante pero lo más importante, en segundo lugar, porque lo hace con una iniciativa que da sentido a una televisión pública.

Es evidente que, en un entorno de creciente secularismo, hacer propuestas de programación de ceremonias religiosas no hace subir los índices de audiencia pero es precisamente por esta razón que existe la televisión pública: para recoger otras sensibilidades sociales que no son las respuestas pedidas por los índices de audiencia.

Muchas felicidades a las personas que han trabajado años y años para conseguirlo.

Muchas felicidades a los directivos de TVE para esta muestra de sensibilidad.

Y ahora nos toca a la audiencia sentarse delante de nuestro televisor el día en que sea retransmitido el Culto de la Reforma Protestante.

Otra vez elecciones. Y otra vez la misma situación: ¿a quién votar? Hay personas que ya tienen la decisión tomada. Sean quienes sean los que se presenten tienen decidido votar "a sus". Otros tienen dudas y por esta razón escuchan y preguntan. Ambos tipos de votantes se informan. Unos para reafirmar sus ideas. Los otros para encontrar dirección para responder a su pregunta sobre a quién deben votar.
Desde cualquier punto de vista una y otra posición son correctas. Nada que decir. ¿Nada que decir? Bueno, nada que decir... excepto si hablamos de corrupción.
Porque cuando hablamos de corrupción, seamos o no seamos cristianos, seamos o no seamos religiosos, lo que se trata es de otra decisión.

Nos encontramos ante una situación donde ya no vale aquello de votar "a mis" o de votar "a quienes lo harán mejor". Se trata de no votar a quien ha aprovechado su posición política para enriquecerse personalmente. Y en este punto no hay ni "mis" ni "tuyos" ni razones de "eficacia" o de "ineficacia". Hay, sencillamente, enriquecimiento personal y, ésta es, sin ningún tipo de duda ni de justificación, una mala elección.
No podemos votar a quien se haya enriquecido personalmente de forma fraudulenta.
Juan Wesley, uno de los tres padres del protestantismo junto con Lutero y Calvino, en un artículo conocido como "Carta a un Votante", lo primero que pone sobre la mesa es precisamente esta cuestión de la corrupción.
¿Qué llevó a un pastor metodista inglés a publicar un artículo sobre esta cuestión? Pues lo que le llevó a escribir su artículo es lo mismo que me lleva a mí, y a tantos otros, a hacerlo: exhortar a cada persona a valorar la importancia de su voto.
La diferencia entre Juan Wesley y el resto de nosotros es que cuando escribió su artículo advirtiendo contra la corrupción él mismo no podía votar, por no cumplir los requerimientos económicos para hacerlo. Hoy no tenemos estas limitaciones y por esta razón tenemos el derecho a votar. Pero precisamente porque hoy tenemos más derechos que de los que tenía el mismo Juan Wesley, y tanta y tanta gente de su época, aún debemos ser más responsables con nuestro voto.
No votar a los corruptos es una buena manera de asumir esta responsabilidad.

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