Tengo un buen amigo que se pasa media vida en el aeropuerto. Es decir: viajando. Es un pastor protestante que trabaja a nivel mundial con una dedicación más centrada en Europa y América, especialmente en Latinoamérica.

En las pocas ocasiones en que podemos encontrarnos para charlar me gusta que me explique cómo va la Iglesia Protestante más allá de mi propia mirada. Y casi en todas las conversaciones acabo constatando que el cristianismo vive un momento de gran vitalidad y más particularmente la Iglesia Protestante.

Su visión sobre el cristianismo es muy diferente de la mirada que ofrece una buena parte de tertulianos cuando hablan sobre el cristianismo. Estos, en general, hablan de la Iglesia para referirse a la Iglesia Católica como si la Iglesia Ortodoxa o la Iglesia Protestante no existieran. Cuando hablan de la crisis de fe, creen que lo que nos pasa en Europa es lo que está pasando en el resto del mundo. Y cuando analizan la situación, lo hacen siempre desde una lectura política de la vida. Para no entrar en la polémica sobre la falta de respeto que muchos de ellos y de ellas manifiestan cuando hacen referencia al Espíritu Santo.

A modo de ejemplo mi amigo me comentaba que en China la Iglesia Protestante ha pasado de un millón de personas antes de la revolución comunista a los actuales 50 millones para añadir, a continuación, que se calcula que dentro de 40 años será el país con más protestantes, y quizá cristianos, de todo el mundo.

Que la vieja y desorientada Europa haya perdido el camino de la fe no significa que en el resto del mundo las cosas vayan de la misma manera. Esto es lo que parece que no entienden determinados tertulianos.

Recuerdo las últimas palabras de mi amigo la última vez que nos encontramos: espero que algunos de estos tertulianos que opinan sobre el cristianismo mirándose el ombligo estén mejor informados del resto de cuestiones sobre las que opinan.

Un deseo que, estoy seguro, muchos compartimos.

La Iglesia Metodista es una Iglesia con Propósito. Es decir: Una Iglesia con una Misión, tal y como se puede ver en el apartado anterior Nuestra Misión. Con los 7 propósitos cristianos la Iglesia ofrece a sus miembros una Herramienta, a modo de resumen de todo el "Consejo de Dios", a fin de promover una santidad de corazón y vida.

Los 7 propósitos cristianos

Tu vida tiene propósito porque fuimos:

Creados por Dios y para Dios para...

1. Primer Propósito: Ser Herederos del Reino de Dios

Para que, por nuestra unión con Cristo, recibiéramos parte en la herencia, de acuerdo con el propósito de Dios (Efesios 1,11)

2. Segundo Propósito: Ser Agradables a Dios

Que os presentéis a vosotros mismos como ofrenda viva, consagrada y agradable a Dios. (Romanos 12, 1)

3. Tercer Propósito: Ser Iglesia, Ser Comunidad de Jesucristo

Amaos unos a otros como hermanos, dándoos mutuamente preferencia y respeto. (Romanos 12, 9)

4. Cuarto Propósito: Ser Discípulos

Ocupaos de vuestra salvación con profunda reverencia. (Filipenses 2, 12 b)

5. Quinto Propósito: Ser de Bendición

El día del cumplimiento (Lucas 4,18-21)

6. Sexto Propósito: Ser Enviados

La gran comisión (Mateo 28, 18-20)

7. Séptimo Propósito: Ser Santos

Sed santos porque yo soy santo (1ª Pedro 1,16)

Forjar el carácter cristiano (de Cristo en mí)

Pero no basta con oír el mensaje; hay que ponerlo en práctica, pues de lo contrario os estarías engañando a vosotros mismos (Santiago 1, 22)

El tiempo para las personas de la tercera edad o para la infancia es determinante. Experimentar la pobreza durante la infancia tiene consecuencias negativas que perduran toda la vida. Mientras que la media de países de la Unión Europea invierte un 2,2% de su Producto Interior Bruto (PIB) en políticas activas a favor de la infancia y de la familia, en España esta inversión se reduce al 1,4%. Y la situación de pobreza infantil con la crisis económica se ha incrementado.

Hay que poner en marcha las alarmas sociales.

No podemos esperar que la situación económica mejore.

Los niños y niñas afectados por la pobreza no tienen tiempo de espera.

Las entidades de Iglesia y la parte de Iglesia que representamos debemos levantar nuestra voz para defender los derechos de la infancia.

En primer lugar, debemos tomar conciencia entre nosotros mismos de la situación en que viven tantos y tantos niños y niñas, incluso dentro de nuestras propias Comunidades Locales.

En segundo lugar, una vez lo tengamos claro, hay que sumar a los movimientos ciudadanos y a las entidades sociales que trabajan a favor de la infancia para revertir esta situación.

Invertir en la infancia no es un gasto ni es una estrategia de futuro.

Invertir en la infancia es un derecho al que no hemos ni podemos renunciar.

No tenemos que invertir en la infancia porque no hacerlo conllevará un gasto económico y social aún mayor en un futuro no lejano.

Debemos denunciar la mirada mercantilista y la mirada economicista que se quiere imponer en nuestra sociedad.

Tenemos que hablar de derechos.

Debemos hablar de los derechos de la infancia.

Y también tenemos que hablar de los derechos que Jesús dio a los niños, a los más pequeños de la casa.

Jesús nos enseñó que los más pequeños de la casa forman parte de su Reino, forman parte del Reino de Dios.

Dejar fuera la infancia del Reino de Dios es inaceptable a toda costa.

El primer paso es tomar conciencia.

El segundo paso es actuar en conciencia.

Hace aproximadamente un año que sufrimos la locura de un noruego asesino y hace unas pocas semanas hemos sufrido la locura de otro asesino en Aurora, Colorado-Estados Unidos-. Tenemos razones, más que razonables, para preguntarnos por qué pasan estas cosas. La respuesta más obvia es responder porque hay leyes que permiten fácilmente el acceso a las armas.

Es una respuesta acertada pero no es una respuesta suficiente.

Desde el punto de vista teológico, la respuesta es incontestable: porque la maldad es una realidad irrefutable. Pero también desde la teología complementamos la respuesta anterior, denunciando la falta de valores del Reino de Dios que nos rodea.

Somos conscientes desde siempre de que los valores del Reino de Dios no son los valores dominantes en la tierra, pero hay momentos de la historia en los que estos valores quedan más arrinconados que otros.

En estos momentos eso es lo que nos está pasando, sin lugar a dudas.

Siempre ha habido una cultura de las armas, que es una manera de argumentar la existencia de una cultura de la violencia. El trasfondo de la cuestión no es la existencia de esta cultura, sino el apoyo social que recibe esta forma de entender la vida.

La cultura de la paz no es sólo tratar de evitar la guerra, desde el punto de vista más formal. Es tratar de evitar la multiforme manera en la que se presenta la violencia.

Más allá de que hayan leyes que lo permitan o lo dificulten, lo que cabe esperar de una sociedad madura es que socialmente sea rechazado el solo hecho de que se nos pueda pasar por la cabeza que queremos comprar un arma.

Aquí es donde se juega la verdadera batalla de los valores: que socialmente sea inaceptable que alguien tenga un arma en su casa. Y, si me permiten -aunque lo que diré no me hará muy popular-, aunque sea para ir a cazar. Se acabó el tiempo en el que nos divertimos segando la vida a otro ser vivo.

El argumento cultural, ya no nos sirve como excusa. El argumento de que "forma parte de nuestra cultura", no es razón ni suficiente ni contundente.

Y de esta cuestión los cristianos sabemos un poco ya que hemos tenido que aprender en nuestras propias carnes cuáles son las consecuencias de no saber diferenciar entre fe y cultura.

Cuando hemos confundido la expresión cultural con la expresión de la fe hemos dado un mal testimonio del amor y de la reconciliación que está en Jesús.

Pues lo mismo debe hacer nuestra sociedad: saber diferenciar entre lo cultural y lo que es el derecho a la vida, como valor superior.

No hacerlo seguirá llevando dolor.

Claro que nuestra vocación debe ser denunciar y trabajar para que finalmente nuestra sociedad lo acabe haciendo.

Ser unos "resistentes a favor de la vida" es uno de los valores del Reino de Dios para lo cual, estoy seguro, encontraremos muchas compañeras y compañeros en el camino.


Hace unos años mi hija viajó a África. Concretamente a Níger y más concretamente a una población llamada Zinder. Pasó unas largas semanas trabajando con una amiga suya, cooperante, en un proyecto social. Hizo relación y amistad con un puñado de familias, sin distinción de creencias.

Hace unos días, su amiga se puso en contacto de nuevo con ella. Ya no vive en Zinder ni tampoco en Níger. A pesar del alejamiento ha mantenido los contactos para mantener viva la relación.

Las noticias que ha recibido son estremecedoras.

A raíz de lo que pasó en París ocho familias cristianas, con las que ambas habían convivido, han sido víctimas de una serie de ataques.

Han quemado las Iglesias Evangélicas donde se congregaban.

Han quemado y destruido sus pobres hogares.

Han perdido todo lo que habían acumulado en el transcurso de toda su vida. Incluso, han matado sus pocos animales y han arrasado sus pequeños huertos.

Se han quedado sin nada.

Si vivían por debajo del umbral de la pobreza, antes de estos denunciables sucesos, ahora viven por debajo del umbral de la supervivencia.

Están atormentados y desconcertados.

La suya es la mirada de las víctimas.

Cuando alguien les ha explicado por qué les han atacado, su sorpresa ha sido mayúscula.

No acaban de entender por qué ellos tienen que pagar por lo que ha hecho o ha dicho una revista que se publica en París.

Estas ocho familias argumentan que ellas nunca han tenido relación con esta revista, ni con París y, ni siquiera, con toda esta dolorosa situación.

Hay una chica, que trabaja en una ONG, que está tratando para canalizar ayuda económica para tratar de paliar la situación de estas ocho familias.

Es una persona de confianza.

Ni arreglaremos el mundo ni la raíz del conflicto, pero si ayudamos a estas ocho familias tendrán un fundamento desde el que podrán rehacer sus vidas.

Por si crees que puedes ayudar te adjunto el link:

http://www.gofundme.com/kxfxgc

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