Las palabras que encabezan este artículo no son mías. Las pronunció el presidente de la Federación de Iglesias Protestantes, la FEREDE, el pastor José Luis Andavert, con motivo de la conmemoración de los 20 años de la firma de los Acuerdos de Cooperación entre el Estado y la Iglesia.

¿Se ha preguntado alguien por qué el Presidente de las Iglesias Protestantes llega a esta conclusión?

Pues habría que hacerse esta pregunta.

La respuesta es clara.

Pues porque después de 34 años de democracia constitucional hay importantes y significativas minorías que entienden que esta Constitución no responde a sus demandas de libertad.

Los protestantes forman parte de estas minorías.

La democracia es mucho más que la satisfacción de la mayoría.

La democracia es el encaje de las minorías, es la norma que permite que las mayorías sociales y políticas sean las que dirigen, garantizando que las minorías pueden ser lo que quieren ser y tal como quieren serlo.

En las democracias verdaderamente constitucionales las mayorías no desprecian los derechos de las minorías, sino que se sienten en la obligación moral y democrática de defenderlas.

Un día hablando con el actual Presidente de la Generalitat de Cataluña me preguntó abiertamente: "¿Necesitamos una nueva Ley de Libertad Religiosa?" Le contesté: "Depende de cómo se aplique la actual o de cómo se aplique la nueva ley."

¿Es necesario modificar la actual Constitución?

Pues, personalmente contesto: quizás sí o quizás no.

Esto depende de si con la actual Constitución o con un nuevo texto legal las minorías ganamos en libertades o en continuamos perdiendo.

Perdonen, ¿hay inteligencia democrática más allá de las declaraciones con las que se llenan la boca?

Pues que se demuestre.

De la mano del profesor Pablo de Diego la Universidad Nacional a Distancia (UNED) ha organizado un curso sobre protestantismo que habrá que repetir cuantas veces sea necesario. Ni que decir el acierto de la decisión -desde nuestro punto de vista-. Una iniciativa de estas características no sólo hay que aplaudirla, sino que hay que difundirla tanto como nos sea posible.

Que la Universidad se ocupe académicamente los protestantes es todo un acierto y, desgraciadamente, es todavía una novedad que reclama ser noticia.

La buena noticia sería que fuera tan habitual una situación como ésta que no hubiera que hacer noticia.

Aún no estamos en ese punto de nuestra historia.

El acierto de estas iniciativas se doble.

Por un lado, da la oportunidad de conocer de primera mano la realidad histórica y la fuerza del presente de la segunda confesión religiosa del país.

Por otro lado, abre un espacio de diálogo, de conocimiento y de intercambio entre los diferentes ponentes que ayuda a que la causa del protestantismo adelante.

La creciente desafección del liderazgo más concienciado de la comunidad protestante hacia nuestra democracia, que es incapaz de dar la respuesta esperada, es cada vez más creciente.

Esta democracia es el sistema político donde las mayorías consiguen lo que quieren demostrando una sensibilidad escasa, para ser generosos, con las minorías -por significativas que éstas sean-.

Es la democracia de los vencedores.

No les preocupa las razones porque tienen la fuerza para imponerse.

Esta manera de entender la democracia no es demócrata.

La democracia no consiste sólo en obtener la mayoría, sino en llenarse de razones que den legitimidad a las mayorías.

Nuestra sociedad hasta ahora no ha sabido poner en valor ni la historia del protestantismo de este país ni tampoco lo ha vivido como parte de su propia historia.

La historia de los protestantes ha sido esto: la de los protestantes.

Como si los protestantes no fuéramos parte de este país, sino de un país imaginario en el que se nos ha querido recluir.

Y en este reparto de culpas la Universidad ha contribuido muy poco a enderezar las cosas. Son aquellos que se ponen a sí mismos la etiqueta de "pensadores" a quienes les corresponde ir más allá de la propia circunstancia para orientarse y para orientarnos en el futuro.

Por esta razón es una muy buena noticia que la Universidad haya iniciado este nuevo camino. Un camino lleno de obstáculos porque los prescriptores del país aún no se han dado cuenta de que la aportación protestante es un enriquecimiento que hasta ahora nos hemos perdido.

Con todo, yo soy de los que sigo teniendo fe en nuestra democracia, en nuestra universidad y en nuestros universitarios.

El tiempo demostrará quien tenía razón.

Veníamos reivindicándolo desde casi siempre y finalmente nos han escuchado. El BOE de 30 de diciembre de 2013 publicó la Ley 27/ 2013 según la cual para abrir un Centro de Culto ya no será necesaria licencia previa por parte del Ayuntamiento correspondiente.

Demasiado tarde.

Demasiado tarde pero sea muy bienvenida la noticia.

Finalmente se ha conseguido que sólo sea necesario comunicar a la autoridad correspondiente la apertura de un nuevo centro de culto. De esta manera se eliminan de entrada, de una vez y para siempre, las tentaciones y las arbitrariedades de determinados ayuntamientos que se creían en el derecho de poder regular, en la práctica, la Libertad de Cultos de ese país y, por extensión, la Libertad Religiosa.

Han sido necesarios demasiados años, demasiado llanto y un creciente distanciamiento de la Comunidad Protestante en relación a nuestra democracia para poder llegar finalmente a ese punto.

La democracia, especialmente en los últimos años, no está dando respuestas a la Comunidad Protestante.

Que en la Europa del siglo XXI la Iglesia Protestante deba concentrarse en la calle para pedir Libertad de Centros de Culto quiere decir que algo se ha hecho mal -y no hemos sido precisamente nosotros quienes lo hemos hecho mal-.

Este cambio de tendencia no es la solución. Es la primera respuesta a la solución. El hecho de que sólo sea necesario comunicar a la administración municipal la apertura de un Templo Evangélico no quiere decir que los nuevos templos no deban cumplir con la correspondiente normativa urbanística. Y aquí radica, precisamente, la clave de toda la cuestión.

Si los ayuntamientos piden a los Templos Evangélicos los mismos requerimientos que piden a la Iglesia Católica estaremos en el camino de salida para dejar de sentirnos discriminados. Al menos en este punto. Yo diría más: hasta que no se arregle la cuestión de la cofinanciación debería pedirse a los Templos Evangélicos menos requerimientos que a la Iglesia Católica porque no disponemos de los mismos recursos económicos para hacer frente a tanto gasto.

Si en lugar de hacerlo de esta manera se nos piden unos requerimientos imposibles de cumplir habremos hecho este camino para volver, otra vez, a la casilla de salida: cambiar todas las cosas para que nada se mueva.

El BOE ha hecho su parte del camino.

Ahora la pelota del crédito democrático está en el tejado de los ayuntamientos.

Por poco que nos guste el cine casi todos hemos visto o hemos oído hablar de la película de Berlanga "Bienvenido mister Marshall". Fue todo un símbolo de una época que, con el paso del tiempo, la realidad ha superado a la ficción.


La vida americana forma ya parte de nuestra vida y promete ocupar cada vez más espacio.

Algunos ejemplos.

La ciudad que acoge un encuentro de moteros de la Harley-Davidson se siente privilegiada. Los niños y niñas de nuestras escuelas celebran orgullosos el Halloween. Cada vez hay más escuelas y más centros universitarios que organizan el Graduation Day (día de la graduación académica) y cuando terminan todo el mundo lo celebra bailando el line-dance (música country). Los jóvenes ya no piden una magdalena sino cupcakes. Los novios alquilan una limusina para celebrar San Valentín. Y los que aman las rebajas esperan el Black Friday (viernes de rebajas) como flor de mayo.

¿Será por esta razón que hay organizaciones cristianas o comunidades locales que también celebran San Valentín? ¿Será por esta razón que a las "quedadas" de la gente joven se llevan cupcakes? O ¿será por esta razón que la gente de iglesia baila el line-dance?

En un mundo globalizado no es de extrañar nada todo esto. Como tampoco es de extrañar que gente de nuestro país celebre fiestas de otros países que nada tienen que ver con nosotros.

Este mimetismo cultural será bueno para unos, malo para otros e irremediable para la mayoría.

Es evidente que la Iglesia no se puede cerrar a la evolución de nuestra sociedad lo que no es ni bueno en sí mismo ni tampoco lo contrario.

En este contexto lo que sí debemos de tener muy claro desde la Iglesia es la necesidad de hacer una pedagogía potente que ayude a saber distinguir entre fe y cultura.

Y lo más importante.

No fijar nuestra fe en una expresión cultural.

Esta ha sido una lección que nos ha costado mucho aprender y que ahora corremos el peligro de caer en el mismo error.

¿Por qué lo digo todo esto?

Pues porque parece que hay gente que si la alabanza no se hace con determinada música no está alabando a Dios. U otros, en sentido contrario, que cuando la liturgia se actualiza ya no es verdadera liturgia. O, incluso, se espera que la Comunidad Local repita el último modelo cúltico que se ha importado de los Estados Unidos.

Tal y como enseña la Biblia en Primera a los Tesalonicenses 5, 21 "examinadlo todo y quedaos con lo bueno".

Un 70% de la población "considera importante el hecho religioso"

Según datos hechos públicos por la Generalitat de Cataluña un 70% de la población considera importante el hecho religioso. La noticia es importante y merece destacarse. Es importante por la noticia en sí: tal y como muchos venimos diciendo desde hace muchos años la religión sigue formando parte intrínseca de nuestra vida y, es importante, por el buen uso que la Dirección General de Asuntos Religiosos hace de este dato.

Durante demasiados años se ha querido secuestrar el hecho religioso en el rincón de la privacidad. Se ha querido demostrar que la religión formaba parte de la antigüedad y que la modernidad pedía cualquier otra cosa que no fuera la religión.

A pesar de las victorias parciales, especialmente en Europa, que ha obtenido la voluntad manifiesta -como nunca antes en el transcurso del siglo XX- de hacer desaparecer la religión, no se ha conseguido el objetivo.

Incluso podemos decir que, en algunos lugares, la religión está más viva que nunca.

Por esta razón los profetas del desastre religioso quieren hacernos creer que lo que hoy vivimos en nuestra sociedad es lo que se vive en el resto del mundo.

O dicho de otro modo: el aparente desinterés por el hecho religioso que se vive entre nosotros es igual en todas partes.

Pero, la verdad sea dicha, es que ni siquiera es verdad aquí: entre nosotros.

Porque resulta que también entre nosotros el interés está, a todas luces, muy vivo.

Otra cuestión es si las confesiones religiosas sabemos hacer llegar nuestro mensaje a la gente de hoy en día o si lo hacemos tal y como cabría esperar.

Admitiendo que el nivel de respuesta obtenido por las diferentes confesiones es significativamente desigual, hay que apuntar que este es un punto en el que no toda la culpa recae en el lado de las confesiones.

La falta de interés mediático por la diversidad y pluralidad religiosa, la falta de interés entre la inteligencia del país para participar en el debate teológico entre cultura y fe o la falta de aceptación por parte de determinadas administraciones de esta pluralidad no ayuda en nada.

La buena noticia es que el hecho religioso sigue siendo de interés para el gran público.

El reto es cómo administramos esta noticia.

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