Desde Bruselas, la capital de Europa, nos llega la noticia de que lo que crece en el viejo continente es la pobreza. Uno de cada cuatro europeos es pobre, que se dice pronto. En su momento, los organismos europeos se propusieron lo que se llamó la estrategia "20/20". Es decir: que en 2020 en Europa hubiera 20 millones menos de pobres. De momento lo que se ha conseguido es exactamente lo contrario: que en el año 2010 la pobreza haya aumentado en Europa en cinco millones de personas.

Lo más grave de todo esto es que no sólo ha crecido la pobreza relativa, sino que ha crecido también la pobreza extrema. Es decir: los que no tienen "nada de nada" cada día son más.

Más pobres y más extremadamente pobres. 

Según las últimas estadísticas en Europa ya son 123 millones los que tenemos apuntados a la cola de la pobreza.

Según la misma fuente informativa, los pobres no sólo viven en el sur de Europa, sino que la pobreza se extiende incluso dentro de la misma Alemania -la primera potencia económica de la Unión Europea.

Y sin dejar la fuente consultada, en Europa se puede ser pobre incluso disponiendo de un trabajo. Trabajar y ser pobre. Inconcebible.

Lo cual quiere decir que hemos llegado a certificar el absurdo social más absoluto.

Como parte de la Iglesia de Jesús tenemos que levantar, una y otra vez, nuestra voz profética para pedir justicia y justicia social.

Lo que pedimos a nuestros políticos es valentía para enfrentar esta infamia.

Hay que cambiar la situación.

No podemos continuar en esta pendiente de degradación.

La pobreza, y aún más la pobreza extrema, es socialmente inaceptable.

¡¡¡En nombre de Dios!!!

Señoras y señores que gobiernan: ¡¡¡Recuperen la cordura!!!!

El tiempo para las personas de la tercera edad o para la infancia es determinante. Experimentar la pobreza durante la infancia tiene consecuencias negativas que perduran toda la vida. Mientras que la media de países de la Unión Europea invierte un 2,2% de su Producto Interior Bruto (PIB) en políticas activas a favor de la infancia y de la familia, en España esta inversión se reduce al 1,4%. Y la situación de pobreza infantil con la crisis económica se ha incrementado.

Hay que poner en marcha las alarmas sociales.

No podemos esperar que la situación económica mejore.

Los niños y niñas afectados por la pobreza no tienen tiempo de espera.

Las entidades de Iglesia y la parte de Iglesia que representamos debemos levantar nuestra voz para defender los derechos de la infancia.

En primer lugar, debemos tomar conciencia entre nosotros mismos de la situación en que viven tantos y tantos niños y niñas, incluso dentro de nuestras propias Comunidades Locales.

En segundo lugar, una vez lo tengamos claro, hay que sumar a los movimientos ciudadanos y a las entidades sociales que trabajan a favor de la infancia para revertir esta situación.

Invertir en la infancia no es un gasto ni es una estrategia de futuro.

Invertir en la infancia es un derecho al que no hemos ni podemos renunciar.

No tenemos que invertir en la infancia porque no hacerlo conllevará un gasto económico y social aún mayor en un futuro no lejano.

Debemos denunciar la mirada mercantilista y la mirada economicista que se quiere imponer en nuestra sociedad.

Tenemos que hablar de derechos.

Debemos hablar de los derechos de la infancia.

Y también tenemos que hablar de los derechos que Jesús dio a los niños, a los más pequeños de la casa.

Jesús nos enseñó que los más pequeños de la casa forman parte de su Reino, forman parte del Reino de Dios.

Dejar fuera la infancia del Reino de Dios es inaceptable a toda costa.

El primer paso es tomar conciencia.

El segundo paso es actuar en conciencia.

Juan 5:1-16

"El que oye mi palabra..." (Juan 5:24)

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De forma muy clara Jesús nos indica hoy que solamente en él se encuentra la esperanza para todos aquellos que vivimos en el mundo. Somos llamados a escuchar su palabra. Palabra de consuelo y de esperanza. Palabra de justicia y de vida. Como aquel centurión de Capernaun que no consideraba su hogar digno de ser visitado por Jesús, y que le rogaba que pronunciase la palabra. Esto bastaba para que su enfermo sanase.

Nada hay más urgente e importante en el momento presente: Jesús habla, ¡A él oid!También para nosotros, Jesucristo pronuncia una palabra de salvación. Es suficiente (y sólo su palabra es suficiente) para que el Padre celestial, en su gracia infinita, nos reciba justificados y haga de todos aquellos que no éramos su pueblo, un pueblo santo que proclame la gloria de su nombre.

La Biblia nos dice que matar es pecado. Todo libro sagrado nos dice lo mismo.

Pero si además de matar lo hacemos en nombre de Dios, faltan palabras para definir la dimensión de este pecado.

Los eventos de París, de nuevo París, y de diversas partes de la geografía nos recuerdan, de nuevo, que nuestra voz aún debe ser más alta, más fuerte y más contundente para rechazar toda esta serie de asesinatos terroristas.

Si la violencia es condenable, la violencia terrorista agota las palabras de condena.  El mundo ha enloquecido y en medio de tanto desacierto tenemos que mantener la calma.

Pero mantener la calma no significa tener que callar. Sino todo lo contrario.

Dios no es nuestro, sino todo lo contrario: nosotros somos de Él, si queremos.

Pero, queramos o no queramos, lo que es inadmisible desde el punto de vista humano o divino, es utilizar el nombre de Dios para justificar ningún tipo de violencia terrorista.

La violencia terrorista ni tiene nombre, ni tiene ideología, ni tiene ningún tipo de razón que la justifique.

Asesinar, a toda una serie de gente inocente, en nombre de una causa justa anula la legitimidad de esta causa.

Asesinar, a toda una serie de gente inocente, en nombre de Dios niega la religiosidad de quien lo haga. Pero la niega contundentemente.

Toda persona religiosa busca crecer en su bondad, gracias a su experiencia de espiritualidad.

Esta es una de las dimensiones más importantes de la espiritualidad.

Si nuestra espiritualidad no nos lleva a la armonía entre nosotros y Dios y entre nosotros y nuestro prójimo no es ni espiritualidad ni tampoco es religiosidad.

La ideología que pretenda justificar la violencia terrorista no podrá nunca legitimar ninguna de las acciones que, de la misma, se puedan derivar.

Necesitamos, desgraciadamente, volver a repetirlo porque es importante que no lo olvidemos ni dentro ni fuera.

La Escuela es el espacio común donde los más pequeños de cada casa se forman para forjarse un buen futuro. Es, pues, la escuela un espacio donde deben transmitirse conocimientos pero donde también deben transmitirse valores. De entre los valores que deben transmitirse a la Escuela quiero destacar uno: el respeto a la pluralidad religiosa.

Alumnos y maestros deben poder convivir con creyentes de otras religiones como parte de su normalidad cotidiana. A pesar de los cerca de 40 años de democracia los rastros de cerca de 40 años de nacionalcatolicismo siguen vivos.

Y digo que siguen vivos porque, por un lado, hay quien quiere mantener el monopolio de la enseñanza de la religión católica en la escuela y por otro hay quienes, por diversas razones, reaccionan en sentido totalmente contrario: Quieren excluir la religión católica de la escuela y, por extensión, el resto de religiones.

¿Cómo podríamos ayudar a unos y otros a entender que ambas posiciones están superadas no sólo por la historia, sino por la realidad sociológica del país?

¿Cómo podríamos ayudar para que fuera normal en la escuela lo que es normal en las calles de nuestros barrios y ciudades?

En España hay 3.446 Templos Evangélicos, 1.274 Oratorios Musulmanes, 718 Salones del Reino y 176 Templos Ortodoxos -entre otros-, hasta llegar a los 6.055 Centros de Culto.

Por su parte, la Iglesia Católica cuenta con 22.217 parroquias lo cual quiere decir que del sumatorio total el 21 % de los actuales Centros de Culto pertenece a las confesiones minoritarias.

Dejando claro que estas cifras no se puede desprender que el 21 % de la población practica alguna de las religiones minoritarias, sí se puede deducir que el pluralismo religioso se ha instalado entre nosotros con voluntad de quedarse.

Es esta constatación que debe llevar a alumnos, maestros, madres y padres a defender una escuela plurireligiosa donde no se excluya el derecho a la espiritualidad.

Pero para que esta nueva realidad se vaya ampliando debemos ponernos manos a la obra. Para empezar: que los padres evangélicos, con hijos en edad escolar, ejerzan su derecho de apuntarles a la enseñanza de la religión evangélica.

Estamos a las puertas de la nueva matriculación y cuantos más padres y madres lo hagan más contribuiremos a la pluralidad religiosa en nuestras escuelas e institutos.

Puede ser un primer paso que, si nos esforzamos, dentro de unos años dará un buen resultado.

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