El 1er  registro: en la órbita espacial.

Según los comentarios de los medios soviéticos, durante la órbita, el cosmonauta Gagarin comentó: «Aquí no veo a ningún Dios». Sin embargo, no hay ninguna grabación que demuestre que Gagarin pronunciara estas palabras. En cambio se sabe que fue Nikita Jrushchov -máximo dirigente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) entre 1953 y 1964- quien en cierto contexto dijo: «Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio a ningún Dios allí», después estas palabras  empezaron a ser atribuidas al propio cosmonauta. [Refresqué mi memoria en la Wikipedia...].
En mi infancia resonaron por casa estos comentarios. Desde los 5 años en adelante no se borró de mi mente eso que el primer viajero espacial no viera a Dios. Cuando crecí un poco, la frase se volvió provocativa ideológicamente: los americanos capitalistas ingenuos creen en Dios, pero los soviéticos se conducen por la evidencia.

Cambio de registro: en Tarragona.

Cierta ocasión un joven pastor, con el que en tiempos mozos había compartido retiro, reuniones de oración, cena, cultos, canciones propias y ajenas me dijo hablando por teléfono: "¡Vente a Tarragona Llorenç, que Dios está aquí obrando!".

Un año más el Consejo Evangélico de Cataluña ha entregado sus Medallas. Este año han sido tres mujeres las que lo han recibido: Esperanza Carrizosa (pastora de la Iglesia Metropolitana de Barcelona), Blandina Ronsano (pastora de la Iglesia Bautista) y Carmen Sánchez (pastora de la Iglesia Evangélica Española).

El hecho es doblemente noticia porque, por un lado, hay que poner en valor la trayectoria de estas tres mujeres que en el transcurso de toda una vida han servido a la Iglesia con generosidad y ejemplaridad. Y porque, por otra parte, han sido tres mujeres las que han recibido este reconocimiento.

Este último hecho es una clara constatación de la normalización, dentro de la Iglesia Protestante, del papel de la mujer y de su libre acceso a las funciones pastorales.

Y eso, tal y como lo demuestran estas tres Medallas, es una realidad desde hace muchos años entre nosotros.

Tal como se recordó en el transcurso de la recepción que concedió la Presidenta del Parlamento de Cataluña, Muy Honorable Señora Núria de Gispert, a los representantes y ponentes del Grupo de Trabajo Estable de las Religiones (GTER), con motivo del día internacional de la Armonía Religiosa promovido por las Naciones Unidas, éste "es un hecho que hay que destacar y poner en valor" -en palabras de la propia Presidenta -.

Y una buena manera de destacarlo y ponerlo en valor es dando la noticia, dando a conocer a todos que tres han sido las pastoras protestantes que este año han recibido las Medallas del Consejo Evangélico y que ésta no es ni la primera ni será, con toda probabilidad, la última vez .

Quisiera terminar con una puntualización que, a riesgo de ser mal interpretada, considero oportuno dejar constancia: Estas tres mujeres recibieron las Medallas del Consejo Evangélico no por el hecho de ser mujeres, que también, sino por una trayectoria que merecía, merece y merecerá el reconocimiento de la Iglesia.

Y esta es una buena noticia.

La Dirección General de Asuntos Religiosos de la Generalitat de Cataluña ha publicado la actualización del Mapa de las Religiones. Dejando aparte los desiguales comentarios que aporta, a título de conclusión, en el estudio -que tal vez habrá que valorar más adelante- lo que se puede constatar es que en diez años la Iglesia Protestante ha multiplicado por dos el número de centros de culto. Es decir: el número de Templos Evangélicos.


El establecimiento de un nuevo Templo Evangélico no sólo nos cuenta un crecimiento numérico, sino una vitalidad organizativa y de liderazgo que lo hace posible.

Es, pues, un signo muy positivo.

Si entendemos el protestantismo de una manera amplia, como el resultado de todas aquellas Iglesias hijas de la Reforma Protestante del siglo XVI y los posteriores movimientos de avivamiento espiritual, podemos decir que esta rama del cristianismo goza de buena salud entre nosotros.

Multiplicar por dos el número de Templos Evangélicos en menos de una década podría hacernos creer, a propios y extraños, que nos hemos instalado en la autocomplacencia.

Nada más lejos de la realidad, la descristianización de Cataluña es una realidad creciente que también afecta a la Comunidad Protestante.

El ritmo de crecimiento de nuestras Iglesias no nos debe hacer olvidar aquella parte de los que han nacido en una Iglesia evangélica y que ahora forma parte de lo que llamamos "protestantismo sociológico". Tampoco debe hacernos olvidar que los que tienen más de 35 años -según datos del gobierno- viven más alejados de la fe que en décadas anteriores.

Dos ejemplos de dos realidades que son una señal de atención sobre la necesidad de repensar aún mejor la tarea a la que nos sentimos llamados y llamadas.

Hace frío.

Hay lugares donde hace mucho frío.

Demasiado frío, sobre todo en aquellos hogares donde no se puede hacer frente al gasto que representa el coste de la energía.

Hay hogares que no pueden pagar la energía que ha de aliviar su frío.

Un invierno más.

Un año más.

Las mismas excusas para no dar las respuestas que necesitamos.

En esta vieja Europa no hay excusas que valgan para dejar que la gente pase frío en su casa durante el invierno.

Aplaudo a los políticos que se esfuerzan por conseguir que en ningún hogar se pase frío pero levanto mi voz profética en contra de todos aquellos otros políticos que, con excusas de mal pagador, encuentran razones para no arbitrar medidas que eviten que se pase frío este invierno.

La voz profética no es una amenaza.

Es una denuncia.

Es una llamada a la conciencia.

Es una demanda.

Es un ruego.

Es un llanto de dolor.

Lloramos por quienes están pasando frío pero comprometemos nuestra voluntad para evitarlo.

Es la manera de evitar que la gente, nuestra gente, pase frío.

Que los políticos cambien sus políticas o comprometiéndonos a cambiar a estos políticos.

Queremos vivir sin frío.

Ni frío en los pies.

Ni frío en los corazones.

martin luteroUn año más todos los protestantes nos reunimos el 31 de octubre para celebrar el día de la Reforma Protestante. O mejor dicho: el día en que simbólicamente se inició la Reforma Protestante. Sin duda, una fecha para recordar sea cual sea nuestra fe y, incluso, para aquellos que dicen no tener ningún tipo de fe religiosa.

Todavía hay mucho desconocimiento por una gran parte de nuestra sociedad sobre lo que significó la Reforma Protestante en el seno de la Iglesia de aquella época y lo que ha significado hasta el día de hoy, tanto a nivel de espiritualidad como a nivel social.

La Reforma no sólo significó una mirada diferente de entender a Dios, sino que significó una mirada diferente de entender la fe cristiana.

La edad media llevó a la Iglesia todo el sistema penitencial que a principios del siglo XVI proponía la redención de nuestros pecados no sólo mediante las obras, sino gracias a la generosidad del bolsillo. Cuantas más indulgencias se compraran con dinero más perdón conseguiría.

Esta mercantilización de la salvación generó un bache de tal dimensión en el corazón de Lutero, y de buena parte de la gente que le rodeaba, que fue el calor que atizó el fuego reformador.

Lo que Lutero puso sobre la mesa, en su lectura del texto paulino a los Romanos, fue que la salvación sólo dependía de nuestra fe, que nada que pudiéramos hacer nos abría la puerta del corazón de Dios excepto la aceptación del camino ya establecido: creer en Jesús.

Parecía, y parece, una respuesta sencilla. Tan sencilla que para algunos representa una dificultad poder aceptarla.

La Reforma Protestante fue un llamado a depositar nuestra fe en Jesús.

Es la misma llamada que hoy presenta el mensaje reformado: creer en Dios es cuestión de fe. De fe en Jesús.

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