Si analizamos el último informe sobre transparencia internacional rápidamente nos daremos cuenta de la correlación que existe entre transparencia, es decir: comportamiento social ético, y protestantismo.

Los 10 primeros países de la tabla todos son de raíz protestante:

1. Dinamarca 91 puntos

2. Finlandia 90 puntos

3. Suecia 89 puntos

4. Nueva Zelanda 88 puntos

5. Holanda 87 puntos

6. Noruega 87 puntos

7. Suiza 86 puntos

8. Canadá 83 puntos

9. Reino Unido 81 puntos

10. Alemania 81 puntos

Incluso hoy en día, cuando la práctica religiosa en la parte europea de la lista ya no es la que era, la ética social se mantiene en unos niveles más que admirables en todos estos países.

Pero no es suficiente remarcar lo dicho, sino preguntarnos cómo llegan hasta este punto.

Para mí, la clave del éxito la encontramos en el hecho de que la ética protestante no es impositiva socialmente hablando, sino que se plantea en el ámbito de la responsabilidad personal y de la expectativa social.

La gente se comporta tal y como se debe comportar no porque haya una ley que le obligue a hacerlo, sino porque personalmente cree que es lo que hay que hacer y para que el resto de la sociedad lo espera.

No hay el imperativo legal: estoy obligado a hacerlo.

Hay el imperativo social: si estoy donde estoy, se espera que me comporte de una determinada manera y no de otra.

Y, lógicamente, me comporto como me tengo que comportar.

Esta es la mentalidad protestante.

Y si hago una travesura, dimito.

Nadie me pide que dimita.

Soy yo quien dimito si no he logrado mi propia expectativa.

Y si dimito, por no haberlo hecho del todo bien, no es el final de mi vida profesional. Tengo una segunda y una tercera oportunidad, si es necesario.

Para que el resultado de una ética social responsable es una sociedad donde el perdón y el nacer de nuevo son una puerta permanentemente abierta a quien se comporta como se espera que hay que comportarse.

¿Tal vez podríamos aprender alguna lección, no?

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